08 junio 2007

LA CASA



La unión de disciplinas en su peor formato está dando lugar a simulacros de arquitectura que además son utilizados como “imagen-estandarte” irónico de contemporaneidad justificado por la cultura de la imagen en la que estamos sumergidos.

Baudrillard advertía que las representaciones derivadas de esta cultura no son más que máscaras de realidad.

De esta manera, la cultura de la palabra ha ido siendo desplazada y sustituida por la seducción de imágenes de arquitecturas que han fascinado a muchos grupos sociales, artísticos y sobre todo a grupos políticos y de poder.

La arquitectura necesita un proceso involutivo que ayude a descifrar el mapa genético que esconde en su interior. Si la arquitectura se considera un material vivo al servicio de la sociedad, este elemento vivo debe ser desmontado y renombrado en muchos de sus aspectos para así encontrar las nuevas herramientas que permitan tratarlo de una manera más natural y menos fascinante.

Efrén García imagina una nueva arquitectura de la vivienda en el paisaje como “la definición de una relación con el tiempo que abarque su gestión temporal, los procesos de sucesión, las perturbaciones a los que se ve sometido en cada momento o el proyecto de su propia muerte. De esta manera olvidaríamos la disciplina como la encargada de un estado final y nos convertiríamos en gestores que proyectan procesos de emergencia de sistemas materiales y su gestión a lo largo del tiempo, decadencia, muerte e incluso su proceso de sucesión (...) de esta forma la arquitectura que correspondería a esa nueva visión de la naturaleza pasaría a ser como otros objetos y tecnologías de uso cotidiano...”

Pensar la arquitectura, pensar la casa como elemento cotidiano con una tecnología descifrable, acerca la experiencia de la arquitectura a disciplinas como las matemáticas, la bioingeniería y la ecología más que al ejercicio de la intuición o la producción de imágenes seductoras.

El cambio radical vendrá dado por la búsqueda de una nueva lectura de la propia arquitectura como material de trabajo, pues el juego de imágenes que hoy día manejamos no hacen más que convertirse ellas mismas en arquetipo de fácil consumo para el cajón del imaginario colectivo.

Parece por lo tanto urgente buscar un nuevo contexto de trabajo y fijar nuevas estrategias que nunca olviden que su objetivo último es devolver un “material vivo” al sujeto colectivo social y a la ciudad.

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