22 julio 2007

ESPACIO BASURA

fuente:http://www.basurama.org/b06_distorsiones_urbanas_koolhaas.htm
Libro Distorsiones Urbanas
Índice Intro B. Castro 1. D. Scott 2. J. O´Reilly 3. J. Pardo 4. J.Borja 5. R. Koolhaas [ English version ]

Espacio basura
Rem Koolhaas

Aeropuerto de Logan (Boston): una ampliación de alcance mundial para el siglo XXI(Valla publicitaria de finales del siglo XX)

El conejo es la nueva ternera... Como aborrecemos lo utilitario nos hemos condenado a nosotros mismos a una inmersión de por vida en lo arbitrario... Aeropuerto Internacional de Los Ángeles: en el mostrador de facturación, unas orquídeas –posiblemente carnívoras– nos dan la bienvenida... La identidad es la nueva comida basura para los desposeídos, el pienso con que la globalización alimenta a los desfranquiciados... Si se llama basura espacial a los desechos humanos que ensucian el universo, el espacio basura es el residuo que el ser humano deja sobre el planeta. El producto construido por la modernización no es la arquitectura moderna sino el espacio basura. El espacio basura es lo que permanece después de que la modernización haya seguido su curso, o más concretamente, lo que coagula durante el proceso de la modernización, sus consecuencias. La modernización tenía un programa racional: compartir las bendiciones de la ciencia universalmente. El espacio basura es la apoteosis de este programa, o su fundición... Aunque cada una de sus partes sea el resultado de inventos brillantes, aunque hayan sido planeadas con lucidez por la inteligencia humana y potenciadas por la computación infinita, el resultado augura el fin de la Ilustración, su resurrección como farsa, un purgatorio de poca calidad. El espacio basura es la suma total de nuestros logros actuales, hemos construido más que todas las generaciones anteriores juntas, pero de alguna forma no se nos medirá según el mismo baremo. No dejamos pirámides. Según el nuevo evangelio de la fealdad, hay ya en el siglo XXI más espacio basura en construcción que el que sobrevivió del siglo XX... Fue un error inventar la arquitectura moderna para el siglo XX. La arquitectura desapareció en el siglo XX. Hemos estado leyendo una nota a pie de página con el microscopio con la esperanza de que se convirtiese en una novela, nuestra preocupación por las masas nos ha cegado para la Arquitectura Popular. El espacio basura parece una aberración pero es la esencia, lo principal... es el resultado del encuentro entre la escalera mecánica y el aire acondicionado, concebido en una incubadora de pladur (los tres ausentes en los libros de historia). La continuidad es la esencia de un espacio basura que se aprovecha de cualquier invento que permita la expansión a la vez que despliega una infraestructura de no interrupción: la escalera mecánica, el aire acondicionado, el aspersor, las barreras contra incendios, las cortinas de aire caliente... El espacio basura siempre es interior, tan extenso que rara vez se perciben los límites y emplea cualquier medio para fomentar la desorientación (los espejos, los pulidos, el eco). El espacio basura está sellado, se mantiene unido no por la estructura sino por la piel, como una burbuja. La gravedad se ha mantenido constante, ha resistido con el mismo arsenal desde el comienzo de los tiempos, pero el aire acondicionado –medio invisible y, por tanto, imperceptible– ha revolucionado de verdad la arquitectura. El aire acondicionado ha lanzado el edificio sin fin. Si la arquitectura separa los edificios, el aire acondicionado los une. El aire acondicionado ha impuesto regímenes mutantes de organización y coexistencia que han dejado a la arquitectura atrás. Al igual que sucedía en la Edad Media, ahora, un único centro comercial es el trabajo de generaciones de diseñadores de interiores, y de encargados de arreglos y reparaciones. El aire acondicionado sostiene nuestras catedrales (inconscientemente, todos los arquitectos podrían estar trabajando en un mismo edificio que, a pesar de estar en ese momento separado, contase con receptores ocultos que, con el tiempo, lo convertirían en uno solo). Como cuesta dinero, y ya no es gratis, el espacio acondicionado se convierte inevitablemente en espacio condicional, y más tarde o más temprano todo espacio condicional se convierte en espacio basura. Al pensar en el espacio, sólo hemos prestado atención a sus contenedores. Como si el espacio en sí mismo fuese invisible, toda la teoría de la producción de espacio está basada en una preocupación obsesiva por su opuesto: por la sustancia y los objetos, es decir, por la arquitectura. Los arquitectos nunca han podido explicar el espacio y el espacio basura es el castigo que hemos recibido por sus mistificaciones. De acuerdo, hablemos de espacio entonces, de la belleza de los aeropuertos, especialmente después de cada ampliación, del brillo de las remodelaciones, de la sutileza del centro comercial. Exploremos el espacio público, descubramos los casinos, frecuentemos los parques temáticos... El espacio basura es la contrafigura del espacio, un territorio con la visión dañada, de expectativas limitadas y de sinceridad reducida. El espacio basura es un `triángulo de las Bermudas' de los conceptos, una `placa de Petri' abandonada: elimina las distinciones, debilita el poder de resolución, confunde la intención con la ejecución. Reemplaza la jerarquía por la acumulación y la composición por la adición. Más y más, más es más. El espacio basura está verde y maduro a la vez, es un colosal manto de seguridad que cubre la tierra con un afectuoso monopolio... El espacio basura es como estar condenado en un perpetuo jacuzzi con millones de tus mejores amigos... Es un enmarañado imperio de confusión, que funde lo elevado y lo mezquino, lo público y lo privado, lo derecho y lo torcido, lo atiborrado y lo famélico para ofrecer un mosaico sin suturas de lo permanentemente inconexo. Aparentemente apoteósico y espacialmente grandioso, el efecto de su riqueza es una vacuidad terminal, una maliciosa parodia de la ambición que erosiona sistemáticamente y posiblemente para siempre la credibilidad de la arquitectura... El espacio se creó amontonando materiales y cubriéndolos de cemento para crear una sólida y nueva totalidad. El espacio basura es aditivo, estratificado y ligero, no está articulado en diferentes partes sino subdividido, descuartizado como el cadáver de un animal, pedazos individuales amputados de una condición universal. No hay paredes, sólo particiones, resplandecientes membranas frecuentemente revestidas de espejo u oro. La estructura permanece invisible bajo la decoración, o, aún peor, se ha vuelto ella misma ornamental: pequeños y brillantes marcos sostienen cargas simbólicas, enormes vigas transportan ciclópeas cargas a insospechados destinos. El arco, antaño el burro de carga de la estructuras, se ha convertido en un agotado emblema de la `comunidad', que da la bienvenida a una infinidad de poblaciones virtuales a inexistentes y amplios "allís". Allí donde estaba ausente, sencillamente se añade –generalmente en estuco– como ornamento tardío, a base de superbloques levantados a toda prisa. La iconografía del espacio basura es romana en un 13%, Bauhaus en un 8%, Disney en un 7% (muy igualados), Art Noveau en un 3%, seguido muy de cerca por la influencia maya... Es como una sustancia Espacio basura Rem Koolhaas que podría haberse materializado en cualquier otra forma. El espacio basura es el dominio de un orden simulado, fingido, un reino de morphing. Su configuración específica es tan fortuita como la geometría de un copo de nieve. Sus patrones implican repetición y, sólo en última instancia, reglas descifrables. El espacio basura está más allá de toda medida, de todo código... No puede ser comprendido y, por tanto, el espacio basura no puede ser recordado. Es llamativo y a pesar de todo inmemorable, es como un salva-pantallas, cuya negativa a permanecer estático asegura una amnesia instantánea. El espacio basura no pretende crear perfección, sólo interés. Sus geometrías son inimaginables, sólo aptas para ser ejecutadas. A pesar de ser estrictamente no-arquitectónico, el espacio basura tiende hacia lo abovedado, hacia la cúpula. Algunas de sus secciones parecen estar dedicadas a lo inerte, otras están en un perpetuo y retórico caos: lo más muerto reside junto a lo más histérico. Los temas corren una cortina de parálisis sobre interiores tan grandes como el Panteón, produciendo abortos en cada esquina. La estética es bizantina, preciosa y oscura, escindida en millones de fragmentos, todos visibles al mismo tiempo: un universo casi panóptico en el que los contenidos se reorganizan en milésimas de segundo alrededor de un mareado espectador. Los murales solían mostrar ídolos, los módulos del espacio basura están dimensionados para portar marcas, los mitos pueden ser compartidos por todos y las marcas, junto con el aura, quedan a merced de los grupos de interés. En el espacio basura, las marcas juegan el mismo papel que los agujeros negros en el universo, son esencias a través de las cuales desaparece el significado... Las superficies más brillantes de la historia del hombre muestran un reflejo de la humanidad más informal. Cuanto más habitamos lo palaciego, menos adecuadas son nuestras vestimentas. Una rigurosa etiqueta –¿acaso el último espasmo del protocolo?– rige el acceso al espacio basura: pantalón corto, zapatillas de deporte, sandalias, chándal, forro polar, tejano, parka, mochila. Es como si, de repente, la gente accediese a las dependencias privadas de un dictador. El espacio basura se disfruta mejor en un estado de pasmo post-revolucionario. Las polaridades se han fusionado, ya no queda nada entre la desolación y el delirio. El neón representa tanto lo viejo como lo nuevo, los interiores nos remiten a la Edad de Piedra y a la Era Espacial al mismo tiempo. Al igual que el virus inactivo de una inoculación, la arquitectura moderna sigue siendo esencial, pero sólo en su manifestación más estéril: la high tech (¡qué tan muerta parecía hace tan sólo una década!). Revela lo que generaciones anteriores mantuvieron en secreto: las estructuras saltan como los muelles de un colchón; las escaleras de salida penden de didácticos trapecios; las sondas espaciales son lanzadas al espacio para proporcionar lo que es, en realidad, omnipresente: el aire libre; hectáreas de vidrio colgado de delgados cables; pieles estiradas y firmes que encierran flácidos no-acontecimientos. La transparencia únicamente te revela aquello en lo que no puedes participar. Con las campanadas de medianoche todo podría convertirse en un estilo gótico taiwanés, y en tres años en un estilo nigeriano de los sesenta, un chalet noruego o, por eliminación, cristiano. Los hijos de la tierra viven ahora en una grotesca guardería... El espacio basura se crece con el diseño, pero el diseño muere en el espacio basura. No hay forma, sólo proliferación, la regurgitación es la nueva creatividad, honramos, abrigamos y abrazamos la manipulación en lugar de la creación... Las súper-secuencias de gráficos, los emblemas transplantados de las franquicias y las brillantes infraestructuras de luces, los diodos luminosos y los vídeos describen un mundo sin autor, más allá de la pretensión de cada cual, siempre único, totalmente imprevisible y, a pesar de todo, intensamente familiar. El espacio basura es caliente (o, de repente, ártico) y, en él, paredes fluorescentes dobladas, similares a una vidriera en fundición, generan más calor para aumentar la temperatura hasta niveles en los que se podrían cultivar orquídeas. Con historias de ficción a diestro y siniestro, sus contenidos son dinámicos y, al mismo tiempo, estáticos, aparecen reciclados o multiplicados como si estuvieran clonados: las formas buscan una función de la misma manera que el cangrejo ermitaño busca una concha vacía... El espacio basura se despoja de la arquitectura como los reptiles de su piel y renace cada lunes por la mañana. En la arquitectura anterior, la materialidad estaba basada en un estado final que sólo podía ser modificado a cuenta de una destrucción parcial. En el momento exacto en que nuestra cultura ha abandonado la repetición y la regularidad como algo represivo, los materiales de construcción se han hecho cada vez más modulares, unitarios y normalizados; ahora, la materia nos llega predigitalizada. A medida que el módulo va siendo más y más pequeño su estatus pasa a ser el de un cripto-píxel. Con enormes dificultades –presupuesto, discusiones, negociaciones, deformaciones– la irregularidad y la singularidad se construyen a partir de elementos idénticos. En lugar de intentar extraer orden del caos, lo pintoresco se extrae ahora de lo homogeneizado, lo singular surge de lo normalizado. Los arquitectos fueron los primeros en pensar en el espacio basura, lo llamaron mega-estructura y era la solución final para superar el tremendo punto muerto en que se encontraban. Como si de múltiples torres de Babel se tratase, las enormes súper-estructuras perdurarían hasta el fin de los días, atestadas de subsistemas temporales que mutarían con el tiempo, más allá de su control. Pero en el espacio basura se han vuelto las tornas: sólo hay subsistemas, sin súper-estructuras, partículas huérfanas que buscan un marco o un patrón. Toda materialización es provisional: cortar, doblar, rasgar, revestir; la arquitectura ha adquirido una nueva tersura, es como la sastrería a medida. Las juntas ya no son un problema, una cuestión intelectual: los momentos de transición están definidos por la grapa y el celo, las arrugadas cintas marrones apenas mantienen la ilusión de una superficie sin grietas. Verbos desconocidos e impensables en la historia de la arquitectura –grapar, pegar, plegar, descargar, encolar, duplicar, fundir– se han hecho indispensables. Cada elemento desempeña su función en negociado aislamiento. Donde antes los detalles sugerían una unión, posiblemente eterna, de materiales dispares, ahora hay un acoplamiento transitorio que espera a ser deshecho, desatornillado, un abrazo temporal con muchas posibilidades de separación. Ya no se trata del orquestado encuentro de la diferencia sino del abrupto final de un sistema, un punto muerto. Únicamente los ciegos, al leer con las yemas de los dedos estas líneas defectuosas, serán capaces de entender las historias del espacio basura... Mientras que durante milenios enteros se trabajó a favor de la permanencia, lo axial, las relaciones y la proporción, el programa del espacio basura es la escalada. En lugar de desarrollo, ofrece entropía. El espacio basura es ilimitado y, por tanto, siempre hay algún escape: en el peor de los casos, ceniceros gigantes llenos de un caldo gris recogen gotas intermitentes... ¿Cuándo dejó el tiempo de moverse hacia delante?, ¿cuándo empezó a girar en todas direcciones como una bobina fuera de control? ¿Desde la introducción de Real Time®? La idea de cambio está divorciada de la idea de mejora. No hay progreso. Al igual que un cangrejo que ha tomado LSD, la cultura va de lado, tambaleándose sin remedio. El típico tentempié contemporáneo es un microcosmos del espacio basura: una ferviente semántica de la salud –un buen trozo de berenjena coronado con gruesas lonchas de queso de cabra– anulada por una galleta gigante... El Espacio basura Rem Koolhaas espacio basura es agotador y, a cambio, es agotado. Encontramos por todo el espacio basura disposiciones de asientos, hileras de sillas modulares, incluso sofás, como si la experiencia que el espacio basura ofrece a sus consumidores fuese considerablemente más agotadora que cualquier sensación espacial anterior. En sus partes más abandonadas podemos encontrar bufés: utilitarias mesas cubiertas por manteles blancos o negros, superficiales reuniones de cafeína y calorías –queso de cabra, magdalenas, uvas poco maduras–, teóricas representaciones de la abundancia, sin cuerno y sin abundancia. Todo espacio basura llega en algún momento a estar relacionado con alguna función fisiológica: apretados entre tabiques de acero inoxidable se sientan filas de romanos gruñones con pliegues vaqueros cubriendo sus enormes zapatillas... Debido a la intensidad con que se consume, el espacio basura es mantenido fanáticamente, el turno de noche subsana los daños del turno de la mañana en una interminable repetición.