
Es evidente que el discurso arquitectónico "occidental" en los últimos años continua enredandose en laberintos auto-contemplativos sobre la belleza, la composición, la magia de la luz y otros aspectos que hoy día están más que superados en cualquier ejercicio estético.
Todas las crónicas que leemos sobre el congreso celebrado en Pamplona la semana pasada hablan del exceso de auto-complacencia de Renzo Piano y Jaquez Herzog (La Europa orgullosa) que mostraron síntomas de vivir en mundos divergentes a la realidad de las ciudades.
Glenn Murcutt, fuera del torbellino de la arquitectura de flashes anuncia que es la última vez que acude a un congreso (se retira a su empresa unipersonal) y se "mofa" de la dinámica de trabajo de un estudio como el de Jaques o Renzo. En definitiva, el mundo periférico (desde la óptica occidental-centrista) es el que aporta ideas y experiencias aplicables en los procesos de construcción de ciudad, con discursos muy alejados a la poética de las formas arquitectónicas o los eternos discursos sobre lo que es o no es bello. Simplemente comparten experiencias reales de trabajos realizados a pie de calle. Transmiten experiencia y no verborrea.
Desde Australia a Africa, pasando por América o incluso Japón, la arquitectura tiende a "radicalizar la experiencia".
En Europa seguimos rodeados de charlatanes y enredados en discursos que rozan lo snob.
Como dijo Slavoj Zizek “cuando el arquitecto empieza a hablar de poesía es porque tiene los bolsillos demasiado llenos”.








